Un día a la vez

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Por Nicolás Mavrakis

Esto es el registro de un día a la vez, durante una semana. Hay franjas de tiempo que se omiten, hay zonas grises que no se aclaran. Es innecesario. Por las dudas, como dijo John Updike, “siempre nos las arreglamos para terminar haciendo lo que queremos hacer”.

Lunes
A las ocho de la mañana la voz en la oficina es la de Longobardi. Más cuadrado, petiso y mecánico que el real, el Longobardi que escucha mi landlord vive adentro de una radio sobre un televisor en un living amplio y polvoriento. No es una radio que necesite de mi monotributo ni de mi ABL para existir y eso ya es suficiente. Hay una pequeña discusión sobre la lógica del contenidismo contemporáneo y la relevancia cultural de soportes tan anticuados. Todos los periodistas que conocí querían trabajar en una radio y ninguno quería trabajar en Google. La mayoría lo fue logrando. Radios de mierda, que no escucha nadie y que se sostienen con la caja difusa de alguna secretaría o algún ministerio de prensa gubernamental. Intento escuchar un poco a Longobardi. Mi impresión con la radio es siempre la misma: un montón de hienas brutas que hablan a la vez y se ríen a la vez y nunca dicen un carajo a la vez. Mi landlord se va. Largas horas de trabajo frente al monitor. Las chicas latinas de la UP se ven a través de los ventanales durante toda la mañana.

Leo algunos de los mejores párrafos que escribirá mi generación por mail. Más tarde, recibo y envío dinero. Antes de las tres hay que visitar el banco. El prestamismo, la especulación y el interés son diabólicos porque no se detienen nunca, como el Diablo. Pienso en eso cada vez que el negrito de seguridad me abre la puerta del BBVA. Una vieja delante del cajero es igual que una vieja con un paraguas bajo la lluvia o una vieja al volante de una camioneta cuatro por cuatro. Algo que se debe evitar. Está bien. El prado de odio reverdece. Y es importante que lo haga. En la oficina, a la vuelta, una cucaracha negra y gigante agoniza en el piso frío de la cocina. Preparo café y la miro y recuerdo a los accionistas de todos los bancos del mundo.

Envío y contesto mails. Me involucro en chats de toda naturaleza. Veo los pequeños géisers de subjetividad haciendo erupciones precoces en las redes sociales. Qué hermosos son los valles de falta de talento en Facebook. Leo Updike. Leo Hitchens. Más tarde, un llamado de emergencia. El asunto es anacrónico: entregar un disco con información en un punto determinado de la ciudad. Cumplo y a la vuelta hago algunas compras. La cajera china disfruta la agresividad. Ha sido educada en la sumisión: su femineidad despierta ante la rusticidad deliberada del hombre. Vuelvo a la oficina y escribo. Me retiro de la oficina. Son las nueve de la noche. En un televisor, Lucas Llach dice que la historia de la Argentina repite los problemas de inflación, una interna peronista y conflictos en la provincia de Buenos Aires. Suena muy canchero aunque le faltan ciento treinta años de historia para tener sentido.

Martes
Llego a la oficina a las once. Está vacía. Mi landlord dejó un cigarro King Edward con boquilla como regalo. Escribo algunas notas. Trip burocrático de fin de mes: recolección físico de dinero y derivados. Una de las mujeres que desde hace más de dos años me da dinero me llama Titi. Otra de las mujeres que desde hace más de dos años me da dinero me pregunta siempre mi DNI. En el subte, dos chicos de once o diez años se sientan al lado y conversan. La mejor edad de la infancia: suficiente distancia psíquica de los padres y a la vez suficiente amor para tolerarlos. No existen las mujeres y la prioridad es saber sobre dinosaurios, astronomía y deportes. Eso es una cuestión seria y la amistad es un valor real más allá de la especulación. Vienen de un colegio privado. Uno le está contando al otro cómo, dónde y cuándo le va a dar una piña a alguien en una fiesta el sábado. “Si me pega, me voy. Pero antes le doy un poco de pelea. Le encajo una piña y me voy”.

Por el boulevard Charcas, mirando su celular, vestido con pantalones cortos y una camiseta colorada, José Saúl Wermus. Impecablemente simpático, con zapatillas blancas, luce como todo un deportista. Pienso que su marxismo recalcitrante, materialmente histórico y fantasmagóricamente electoral es, antes que una fuerza política, un ánimo de acción intelectual. Alguien tiene que hacer sonar esa cuerda. Luego, un almuerzo frugal y apurado. Leo Hitchens. Enciendo un televisor para no aburrirme entre mis propios eructos. El ex yerno de Maradona se enamoró de una mujer que canta cumbia y que se parece bastante a un tonel barnizado con tonos opacos. Oh, el dasein.

Escribo. Más tarde hablo cinco minutos sobre Cormac McCarthy en una librería. La semana pasada cenamos una pizza con Marc Caellas y Laura Lafit. El tema principal había sido el catastro porteño. Esta semana ceno comida árabe con tres ex alumnas del Colegio Nacional Buenos Aires. El tema principal son sus experiencias sexuales más precoces. El paisaje es una pareja de homosexuales extranjeros que traga keppes a dos mesas de distancia. La música funcional es libanesa. Una cuenta que se masturbaba desde la más tierna infancia y que podía hacerlo en sesiones de gimnasia durante todo el día. Otra cuenta que se masturba cada vez que tiene que estudiar. La tercera añade: “Eso es porque la libido se concentra en un solo punto y es difícil que no se distraiga”. También cuenta que chupó el falo amable de algún novio con un hermanito de nueve o diez años al lado. “Alta paja se habrá clavado después”, dice otra. Sexo al costado de una vía por Warnes, sexo oral en la barra de un boliche y sexo oral en los baños del Colegio, con mayúscula. Sexo en baños durante reuniones familiares. Sexo en la puerta de un edificio. Sexo en una plaza “pero entre un grupo de gente”. “Muy grandes lastiman y muy chicos son un bajón”. “Hay que remarla”. “Los tipos están más traumados. No quiero a alguien más traumado que yo”. “Hay uno que la tenía así”. Un dolmade cortito, verde, arrugado y delgado ilustra. “Le dije que la metiera toda y me dijo que ya estaba, hubo que sacar músculo y remarla”. Otra historia parecida. “Pero el amigo, que también me cogí después, era el otro extremo”. Una cuenta que Beto Casella todavía se coge pendejas pero que no se anima a sacarse la remera en la cama. Esa es la historia de un animal moribundo y me conmueve. Algo más sobre la masturbación en la infancia: “Teníamos que dormir la siesta en la escuela y una nena nos contaba historias eróticas”. “Ganas de hacer pis pero no eran ganas de hacer pis”. Una dice que después de coger siempre va a hacer pis. “A los trece yo ya estaba con muchas ganas”. Una cuenta que el novio de quince se masturbaba al lado mientras ella dormía. Tenía trece. Buenas chicas, ligadas a las humanidades y que todavía confían en el valor de la libertad. Condenadas a padecer el peronismo, hay que acompañarlas y cuidarlas hasta que se las lleve el transporte público.

Miércoles
Llego a la oficina. Abro las ventanas para despejar el olor a podredumbre. Todo es como el peor Baudelaire. No hay internet. Me quejo en voz alta contra el mundo. Salgo a cumplir con algunos trámites bancarios. Me instalo por un rato en otro nodo de posibilidades laborales. Me cuentan que hay un pelotudo diciendo que Paco es “machista, misógina y de derecha”. Creo que es el pelotudo que anda siempre vestido de camisa clara y pantalón de vestir como si fuera un lacayo de cochería fúnebre de medio pelo, con manojos de fotocopias en fiestitas zombies y escribiendo pelotudeces en Facebook. La pobreza de los turritos que circundan el minúsculo campo cultural porteño y creen que la vida es una larga estancia en la vereda del sol. Tal vez quiere escribir en Paco. Algo feminista, andrógino, de izquierda. Averiguo si escribió algún libro. Me mencionan una cosa de mierda que no leyó ni Magoya.

Respondo por mail preguntas de una entrevista. Escribo mails. Antes del regreso de internet a la oficina, algunos últimos trámites y un almuerzo. Me quejo contra el mundo y contra la vida. La persona al otro lado de la mesa me sonríe y me quiere. Vuelvo a la oficina. Escribo sobre Hegel. Escribo sobre poesía. Corrijo un artículo para Crisis. Leo Updike. Leo Hitchens. Me invitan al teatro. Camino hacia una sesión semanal de psicoanálisis. Se nota la migración acelerada de los hijos e hijas de la soja en Coronel Díaz y Santa Fe, desde donde parte el convoy de combies hacia el interior. Vuelven al calor húmedo de las ovejas, a la voracidad sexual de los primitos bobos y los dólares de la cosecha paterna para celebrar la Pascua. Ellos son estúpidos. Ellas son tan lindas.

En la sesión de psicoanálisis se habla lo mismo que en todas las sesiones de psicoanálisis de Occidente. Los padres y el deseo. A una pregunta respondo que mis padres me golpearon una sola vez. Empezaron el 4 de junio de 1992 y terminaron el 14 de septiembre de 1995. (Este chiste es demasiado viejo y deploro al que se haya reído). Me llevo una frase: “Los resultados del cálculo no corren ningún riesgo y para ese lado va el mundo”.

Más tarde, en el teatro, Alfredo Alcón hace de Alfredo Alcón sobre un texto de Samuel Beckett. El teatro me resulta una forma de representación indistinta. La sala está llena con un público añoso que no deja de toser, estornudar y tratar con los distintos reflujos de aparatos de respiración moribundos. Tampoco logran apagar sus teléfonos a tiempo después de la advertencia y las llamadas y los repiqueteos de teclas y los resplandores se repiten durante noventa minutos. La obra es sobre un ciego inválido que se abandona a un mundo sin Dios y una confirmación de que el existencialismo francés se agotó hace ya muchas décadas.

Jueves
Estoy en un campo de refugiados en Tanzania. Hombres, mujeres y niños. La patrulla más cercana de la ONU está a empantanada a quinientos kilómetros de distancia. Alguien me entrega un lanzallamas para que termine con el trabajo. Me despierta una serie de martillazos. Son las nueve de la mañana. Pienso en pestes, plagas y genocidios. Se las deseo en voz alta al refugiado que martilla un jueves santo.

Llego a la oficina temprano y encuentro a mi landlord con una mujer. Me refugio en un Starbucks hasta nuevo aviso (la mujer tiene que volver a cuidar a su hijo y no va a tardar en irse). El paisaje de Starbucks es siempre el mismo: mujeres solas, nenas de catorce gritando y sodomitas que terminan sus sesiones de gimnasia matinales para fortalecer su sistema inmunitario y tragan bagels sin imaginación. En la caja, un policía con uniforme aprieta al encargado para que le dé cualquier cosa. El jefe de calle de la comisaría del barrio es más elegante. Visita en patrullero todas las tardes, casi a la misma hora, los locales importantes. La cueva en la calle Anasagasti, la pizzería donde se mueve merca en Coronel Díaz, la juguetería donde se trafican amores juveniles justo enfrente. Compro un muffin de arándanos porque me siento suficientemente cómodo y seguro con mi masculinidad.

En la oficina, otra vez. Escribo, leo, envío y recibo mails. Me involucro en chats. Veo los pequeños géisers de subjetividad haciendo erupciones precoces en las redes sociales. Qué hermosos son los valles de falta de talento en Facebook. Veo un episodio de la segunda temporada de Black Mirror y le escribo a Martín Felipe Castagnet. Dice que lo vio y que no está muy convencido de la resolución. Termino de ver el capítulo. Tiene razón, como siempre. Escribo un poco más. Leo Hitchens. Leo McCarthy. Leo Updike. Leo muchos norteamericanos por mero efecto de la casualidad. Establezco conexión con la familia y planifico las Pascuas. Los fines de semana largos son parecidos a la muerte.

Descubro en la oficina una cafetera fuera de uso. Era de alguien que la compró aunque no le gustaba el café. Se la dejó a alguien que tampoco usa cafeteras y terminó abandonada acá. Hay una brevísima historia del capitalismo postindustrial en esa genealogía de lo inútil. Una pena que me guste más el té. Trabajo algunas horas.

Por la noche, un documental sobre boxeadores argentinos. Látigo Coggi dijo que se propuso ser el mejor en lo que fuera: “asesino, puto o boxeador”. Locomotora Castro dijo que los pibes que no lo vieron pelear en su época lo descubren poniendo “Roña Castro” o “Locomotora Castro” en YouTube. También dice que se emocionan mucho con sus peleas y que se entera de eso porque tiene Facebook. Recuerdo a un hobbit mental medianamente escolarizado preguntando en una radio cuál era clima en las Malvinas y sonrío.

Viernes
Antes del mediodía compro un regalo de cumpleaños. La semana pasada fui a una fiesta donde había un enano muy feo vestido de verde deambulando bajo las estrellas, para él más lejanas que para el resto de la Humanidad. En una fiesta de Año Nuevo también había un enano suelto pero con una galera en la cabeza. Ese era más simpático y creo que sacaba fotos. Debe ser la última moda hipster. Después visito una armería de la calle Salguero. “Lo tuyo todavía no llegó”. Scheiße.

Llego a la oficina al mediodía. Hoy no voy a trabajar. Leo Hitchens. Leo Steiner. Leo Roth. El mal de Portnoy es un retrato penosamente actual de cierta clase de sujetos formados en la autocomplacencia estética y moral y emasculados por una excesiva sobreprotección familiar, que hoy se pueden ver haciendo el ridículo mientras experimentan una libertad demasiado precoz, ingenua y aséptica que no dudan en compartir a través de las redes sociales.

Se ajustan algunos planes para publicar una novela en papel y un ebook con ensayos.

Mi landlord me cuenta que ayer un taxi se llevó puestos a un par de veganos que andaban en bicicleta pero que no mató ni lastimó a ninguno. Especulamos sobre cuál sería la opinión de Francisco I al respecto. En cualquier ciudad relevante los autos son más importantes que las bicicletas. Improviso y explico un poco mi teoría sobre El mal de Portnoy pero aplicada a la plaga emasculada de los ciclistas. “Si no quieren autos ni contaminación, que vuelvan al bosque”, dice mi landlord. El asunto me importa realmente nada. Mi única experiencia es la de cruzar la bicisenda de Coronel Díaz una o dos veces por día y que un cumulus nimbus de rubias afables con cascos y bicicletas con canastitos esté siempre a punto de atropellarme y matarme y enviarme a un Paraíso musulmán donde seguro, por lo menos, no hay bancos.////PACO

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