La perra espacial

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Por Fernando Chulak / @fernandochulak

La historia la escriben los que fracasan. La historia la escriben los que generan empatía. El éxito de uno apenas sirve como un peldaño para el éxito de otro. ¡Ah, el orgullo de contribuir a la sociedad! Sí, pero el amor del pueblo se lo llevan los que mueren, los que sufren. Por eso a nadie le importa si lo de Laika, aquella perra soviética que fue al espacio, se trató de una hazaña. No, Laika se ganó su amor de un modo distinto.

El contexto se sabe: guerra fría, competencia con Estados Unidos. Rusia entrenaba perros; Estados Unidos, monos. Había que llegar al espacio, había que llegar más lejos, y a esos fines un perro bien podía ser considerado un comunista, tanto como un primate ser el mejor representante yanqui. Más tarde también Francia, Japón, China, Irán y hasta Argentina enviaron animales al espacio. Pero sólo se recuerda a Laika. ¿Qué tenía de especial Laika, que hasta su nombre es burdo? Porque en ruso significa “que ladra”. Sí, un perro que ladra. Gran cosa.

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No fue la primera: seis años antes, en 1951, la Unión Soviética lanzó el R-1 IIIA-1, que llevaba a los perros Tsygan y Dezik. No alcanzaron a estar en órbita como Laika, pero volvieron en perfectas condiciones. Incluso más tarde Dezik tripuló otra misión, en la que sí moriría. También durante ese año debían realizar un vuelo Malishka y Smelaya, quien se escapó poco antes del lanzamiento. Las autoridades la encontraron en menos de 24 horas y el acto de indisciplina de Smelaya pasó desapercibido: al día siguiente ambos tuvieron un vuelo satisfactorio.

Hasta llegar a Laika, hubo más de treinta héroes caninos que despegaron desde terrenos rusos, la mayoría con éxito. La mirada cientificista indica que la gran diferencia es que Laika fue la primera en orbitar la tierra, que esa experiencia demostró que es posible para un organismo vivo soportar las condiciones de microgravedad, lo que abrió el camino a la participación humana en vuelos espaciales. En 1998, el entrenador de Laika, Oleg Gazenko, dijo: “ni siquiera aprendimos lo suficiente de esta misión como para justificar la pérdida del animal”. No aprendieron lo suficiente. O dicho de otra manera: si el objetivo de la misión era científico, no hay mayor valor en lo realizado. Pero ese no era el objetivo.

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Antes de convertirse en heroína, Laika era sólo una perra callejera de Moscú de tres años. Junto a ella, seleccionaron a otros dos perros: Albina y Mushka. La misión exigía que los animales pudieran permanecer en espacios confinados por un largo período. Por eso, antes de volar recibieron un entrenamiento para acostumbrar a los perros al entorno que encontrarían en el viaje, al espacio reducido de la cápsula, los ruidos, vibraciones y aceleraciones. El mismo proceso sería utilizado más tarde en el entrenamiento de los astronautas soviéticos. Albina fue lanzada dos veces en un cohete para probar su resistencia a las grandes alturas; Mushka fue utilizada para la prueba de la instrumentación y los equipos de soporte vital. Héroes: los tres perros se habían convertido en la versión canina de Ivan Drago. Pero la seleccionada fue Laika. Ella tenía algo más.

Antes de la misión se la presentó al gran público ruso. Su mirada los conquistó. Sólo un perro callejero sabe generar compasión, la hermana menor de la empatía. Y sólo algunos saben generarlo sin ser lastimeros: sin dar asco. Cuando los rusos miraban a Laika, querían ser Laika, la perra que pasó de vivir de las sobras a conquistar el espacio exterior: el gran sueño ruso.

Al momento en que Laika subió al Sputnik 2 ya se sabía su suerte: no había posibilidades de que sobreviviera. La cabina presurizada, y acolchada, le permitía acostarse o permanecer de pie. Un sistema regenerador de aire le proveía de oxígeno; la comida y el agua se encontraban en forma de gelatina. Laika estaba sujeta con arnés, una bolsa recogía los excrementos y unos electrodos monitorizaban las señales vitales. Todo el equipamiento necesario para que pudiera estar lo mejor posible. Eso sí: no había posibilidad de retorno a la Tierra. Por eso se planeó que después de diez días en órbita, se la sacrificaría.

Ya habían preparado la comida envenenada. No había otra opción. Pero no pasaron diez días: apenas siete horas después del despegue, el Sputnik 2 no envío más señales de Laika. Quizás el gran sueño ruso había muerto. Sin embargo desde Moscú, la información que se dio a conocer decía que el animal se comportaba en calma durante su vuelo, y que en pocos días Laika descendería a la Tierra, primero en su cápsula espacial y luego en paracaídas. El mundo entero, no sólo el soviético, estaba pendiente del regreso de Laika. Ahí estaba la clave de la misión, la que siempre supieron. La muerte accidental sólo aceleró los planes. Pero el mito había nacido.

El éxito de Laika fue morirse. Primero ganarse el amor, llevarse al espacio la confianza de los rusos y ahí morirse. Nadie la recordaría si hubiese vuelto a la tierra, movido la cola con alegría y dado la patita al mismísimo presidente Kruschev. ¿Cuál es el valor de un perro que ni siquiera puede ser recordado? Alguna vez, Yuri Gagarin, el primer hombre en ir al espacio, dijo “todavía hoy no sé si yo soy el ‘primer hombre’ o el ‘último perro’ en volar al espacio”. No, Yuri, un tipo como vos jamás podría aspirar a generar la empatía que generó Laika. Sos el primer hombre en el espacio, apenas eso. Gagarin representa el éxito, el peldaño necesario para el éxito de otro, Neil Armstrong, Buzz Aldrin, o algún otro que ni nombre tiene. Un hombre, nada especial. Nada como un perro callejero, con su mirada dulce y la promesa de llevar al espacio nuestros pequeños sueños terrenales.///PACO

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