Una visita al Museo de Cera de Madrid

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Por Juan Terranova

Me saco una foto con la estatua de Valle-Inclán y después me toca coloquio de escritores en el viejo y canónico Café Gijón. Mientras los demás discuten el futuro de la narrativa latinoamericana, yo pienso en los cementerios de París. A la salida, propongo una visita al Museo de Cera de la Plaza Colón. Nadie responde que sí, pero algunos responden que no. Cerca de la Plaza Cibeles, en un kiosco, compro La guerra de los seis días de Michel Oren por dos euros. Vendedores ambulantes negros huyen de la policía por la calle del Doctor Mata. Almorzamos unas tapas y vuelvo a proponer el Museo de Cera. El grupo se divide. El museo está en los subsuelos de un monoblock gris sobre el Paseo de Recoletos. El hombre que nos vende la entrada es un viejo que tiene el ojo izquierdo blanco. “Primera galería” repite con énfasis cada vez que corta un ticket. “Primera galería, primera galería.” Pasamos rápido por la sala de apertura donde, en dos filas y con escenografía de mármol, los tres emperadores romanos de origen español desafían al mundo. Trajano, absorto; Adriano, con armadura y barba; Teo-dosio I, con corona y accesorio de perlas. Apenas nos detenemos en Julio César y Cleopatra y menos aún en lo que entiendo es un grupo de sarracenos proto-modernos. La habitación presidida por Mariana de Austria es siniestra. Pequeña y oscura, su cámara está llena de figuras. Juana I de Castilla ríe en soledad. Mariana –arquetipo de la madre posesiva– contiene a Carlos II, el hechizado, con el que han estado benévolos. El artista de cera no reprodujo su prognatismo ni ninguna de sus otras deformidades. Pero su mirada es melancólica y en la mano izquierda tiene una vela eléctrica que no lo favorece. Los Reyes católicos, austeros, parecen dos hippies. Felipe II está con florete y coraza de acero. Se trata sin duda de una familia disfuncional, intentando guardar las apariencias en un día de fiesta. No se los ve desdichados, pero tampoco especialmente contentos. Ya en la sala final de la primera parte, Isabel II es una Winona Ryder excedida de peso, Manuel Azaña tiene una comprensible cara de angustia y las dos figuras con las que termina este recorrido no pueden ser más contemporáneas. Franco, sentado, con cara de imbécil, y Juan Carlos I de Borbón, joven, de pie, alto, concentrado pero con una firme expresión de no entender mucho qué es lo que está pasando. Sin gente, el visitante escucha sus propios pasos y las figuras llegan a intimidar y hasta provocan un poco de miedo.

La segunda galería empieza con Doña Cristina de Borbón y Don Carlos, aquí ya con aire de viejo zorro. Hay otros de la Casa Real y después, aparte, Felipe y Letizia. Es probable que el artista de la cera sea un realista enojado, porque a Letizia, la plebeya, la hicieron, pensando a futuro, con una década más de arrugas y una mirada algo oblicua. Aunque también puede ser del PSOE porque Zapatero, que se parece bastante al original, tiene un ligero aire a Patrick Swayze que lo hace atractivo. Después está la sala dedicada a los pintores. Una precaria puesta en acto de Las Meninas de Velázquez agrega poco a un cuadro que ya es un laberinto de críticas y mitos. Pero los fusilamientos de la colina de Príncipe Pío son más reales que el original. Al menos se logran aquí detalles que el pintor no alcanzó y que la tela

no puede recoger. La cara de los muertos es impresionante. El efecto de la cera ayuda. Incluso, adjetivo mediante, en un sentido “goyesco”, todo el museo parece obra de Goya. Sean cowboys, políticos o personajes de la música pop. Algunas partes más que otras, por supuesto. Pero en las facciones que salieron reconcentradas o esquivas está la mano del pintor de Zaragoza. De hecho su influencia parece más importante que la televisión, al menos a la hora de la forma. Después de los fusilamientos, llega Picasso y enseguida el mismo Goya, con el ceño fruncido, paleta y pinceles. Está frente a un marco. En su interior, la Maja Vestida respira. Es una figura y su pecho se expande y se contrae imitando la inspiración y la exhalación. No es un gran efecto, pero sorprende. Al verla, negándose a interpretaciones hermenéuticas, la gente se pregunta dónde está la Maja Desnuda. Pero el museo, pudoroso, no presenta figuras sin ropa. Enfrente, otro cuadro. El artista posa con guardapolvo blanco y corbata. Hay un cartel: “Gutiérrez Solana, amante del misterio, instaló su caballete en el Museo de Cera Grevin de París y pintó este cuadro: Asesinato de Marat en la Revolución Francesa”. La puesta entonces es copia de una obra que a su vez está copiada de una escena de un museo de cera. El pintor hace un alto en su trabajo y enfrenta a los visitantes. También él tiene un pincel y una paleta en las manos. No puedo dejar de pensar que, como ocurre con Goya, de fondo lo que hay es un hecho de violencia política.

Enseguida llegamos al descubrimiento de América. Los infaltables indios se arrodillan ante el rey. Colón con los brazos abiertos parece una lesbiana bizca disfrazada del Fantasma de la Ópera. En otra sala, la “tertulia literaria” es interesante. Las caras de los narradores, poetas y ensayistas se parecen bastante a los originales. Giovanna examina la escena, montada en un café de los años veinte, y dice: “La tertulia falocéntrica”. Es verdad. No hay una sola mujer entre las más de veinticinco figuras. Después señala los sombreros y algunos paraguas colgados en un perchero. Atrás, hay un espejo que refleja la nuca de los creadores. “Paraguas como falos y sombreros como vulvas que amenazan” dice Giovanna. Están Unamuno, Neruda, Machado, Lorca y Camilo José Cela. Está Rafael Alberti con su camisa estampada y Juan Ramón Jiménez sentado en una mesa dándole de comer paja al burro Platero que es del tamaño de un perro mediano. Y en el centro, de pie, presidiendo la reunión, Mario Vargas Llosa, el único escritor vivo de la peña. Sin corbata, de saco negro y con el pelo impecable, la figura se parece muchísimo al original y tiene una edición de La fiesta del chivo en las manos. “La fiesta del chivo” pienso y recuerdo: “No al cementerio nuclear de Guadalajara”. Sobre una columna un cartel dice: “Por favor, no tocar a las figuras”. Rebelde, golpeo a Jacinto Benavente en el brazo con mi bolígrafo. En todo caso, no lo estoy tocando con mi mano. Tampoco me animaría. Después del golpe, le pido perdón. Aunque era un antisemita consumado, tiene una frase precisa y hermosa: “Es tan fea la envidia que siempre anda por el mundo disfrazada, y nunca más odiosa que cuando pretende disfrazarse de justicia”. En un momento, como es de esperarse, las familias que visitan el museo se empiezan a mezclar con las figuras. El muñeco de un guardia, sentado en un rincón leyendo el diario, velando por la figura de Cervantes –que también lee, pero él, un grueso libro– resulta un comentario ácido al Quijote. O quizás la confirmación última de sus hipótesis. “Leer hasta los papeles rotos de la calle.” Así y todo, la muy cervantina instancia intermedia del guardia de cera, ese eslabón que pertenece a los dos mundos y a ninguno, es tan sorprendente como ver moverse o sentarse en los lugares de descanso a los padres y sus hijos, que a veces se quedan estáticos leyendo el nombre de una de las figuras o mirando con atención un rostro. Las risas y los sonidos de sorpresa se escuchan entre las diferentes músicas superpuestas.

La “Galería del Crimen” empieza con suavidad. El Drácula aporta muy poco al aire innegablemente vampírico del museo. Los “monstruos” no son agua en el agua, más bien todo lo contrario. Forman la isla, el miedo legal, lo conocido, lo previsible. La Momia, el Hombre lobo y Jekyll & Hyde parecen inofensivos comparados con los reyes o los retratos congelados de las personas que están vivas. En el primer piso, sin embargo, la cosa se pone un poco más pesada. Hay potros, empalamientos y cercenamientos con escenografía de piedra. Se avisa que se trata de las “Torturas de la Edad Media”. Pese a la sangre y las vísceras, los cuerpos no tienen el tamaño humano. Son más pequeños y eso le resta fuerza al conjunto. Sobre una pared hay bustos de asesinos. Me llama la atención el único que no conozco. “Cecilia Aznar: la fiera de la calle Fuencarral. 1902.” El apellido me suena. Anoto el nombre en mi libreta. Salvo por algunas continuidades y algún orden historiográfico más o menos evidente, las yuxtaposiciones de figuras son como golpes en la cabeza. La Última Cena –Jesús tiene los ojos delineados y el pelo muy lacio– puede venir antes o después de una corrida de toros. Sarkozy y Putin están parados en la misma tarima que Saddam Hussein. El Hombre-araña protege la figura de Abraham Lincoln. En la escena de la corrida, el toro le está clavando el cuerno izquierdo en el ojo al torero caído. Se dice que son hechos reales. Las dos grandes salas del final mezclan imaginarios salidos del cine, la radio y las revistas del corazón. Louis Armstrong parece un caníbal. David Bisbal, un travesti. Elvis y los Beatles comparten escenario con Segovia, Albeniz, Casals y Falla. Lo único auténtico del museo, aparte de algún vestuario, es el parte médico que confirma la muerte de Manuel Laureano Rodríguez Sánchez, alias Manolete, redactado en Linares a mediados de 1947. La figura de Manolete aparece en una camilla tapada con una sábana. La idea de que alguien tire de la sábana y ponga al descubierto lo que hay abajo me aterra. Hemingway mira la escena, con un libro en la mano. No podía ser de otra manera, dada su condición de escritor. ¿Cómo llegó el acta de defunción de un torero al Museo de Cera? Giovanna dice que los muñecos “te roban la energía”. En la sección de anécdotas de la página web oficial se informa que una periodista pasó una noche encerrada en el museo. Antes, parece, redactó una carta donde eximía a la institución de cualquier responsabilidad en caso de muerte. Me resulta más aterrador eso que el viaje que hizo el periodista francés en una patera de africanos que cruzaban el Mediterráneo para entrar de ilegales a Europa. En la página web también se ofrecen visitas guiadas para “orfelinatos y colegios especiales”. Pienso en niños y adolescentes con síndrome de down recorriendo las instalaciones. También me imagino a un escultor desangelado, ácrata y sucio, trabajando sin pausa en la periferia de Madrid. Estudió el cuerpo humano para ser un gran artista y hoy, malviviendo de esos encargos, a veces le habla a los muertos, los pedazos de cera que en el frío invernal de su taller todavía no viven. A la salida, compro el catálogo por dos euros. Más cerca del Reader s Digest que de los impresos de los innumerables museos de Madrid, es a todo color, pero la colección no está completa y las fotos no tienen fuerza. Cuando salimos digo que el Museo de Cera de Madrid es el mejor museo de la ciudad, pero nadie me escucha. Cruzamos a buscar el metro y muy influenciado por lo que vi, no puedo dejar de encontrar un gesto necrófilo en la estatuas de Alfonso El Sabio, San Isidro, Nebrija, Luis Vives, Lope de Vega y Cervantes, que decoran la entrada a la Biblioteca Nacional.///PACO

 

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