El lobo y San Valentín

Por Juan Terranova

Las Fiestas Lupercales se celebraban en la Roma imperial hacia mediados de febrero. M.C. Howatson fija la fecha el 15 de ese mes en su Diccionario de la literatura clásica. El nombre de las fiestas parece derivar de “lupus”, lobo, mezclado con “hircus”, el macho de la cabra. Su origen es tan antiguo que se lo asocia a pequeños dioses o semidioses de la fertilidad, como Evandro o Fauno Luperco, que protegían a los pastores del ataque de las fieras y cuidaban su ganado. Luperca, también según la leyenda, era el nombre de la loba que amamantó a Rómulo y Remo, y el Lupercal, oculto en el monte Palatino, su cubil.

Hacia el 15 de febrero -aunque esta fecha se fijo a posteriori- los informales sacerdotes, elegidos entre cazadores y pastores que solían vivir al aire libre, se reunían en una gruta donde se decía que la mítica loba había amamantado los fundadores de Roma. Bajo una higuera sagrada, se mataba un perro y ganado de resaca, como cabras o pequeños mutones, animales considerados impuros, comestibles y frágiles. Los sacerdotes terminaban la primera parte de su rito bebiendo la sangre de las ofrendas entre carcajadas rituales. La mirada de Baco no estaba lejos de toda esta puesta en escena. Después de la risa, los sacerdotes ordenados cortaban las pieles de los animales sacrificados y se vestían con ellas. Casi desnudos, manchados de sangre, seguramente ebrios, se dirigían al monte Palatino azotando con rebenques de cuero crudo a todos los desprevenidos que se cruzaban en el camino. Y ser azotado, se decía, traía buena suerte, lo cual es un poco contradictorio, o más bien suena como excusa para azotar. El amor y el dolor juntos una vez más. Los objetivos principales de los ataques eran las pastoras y agricultoras de la región que al caer la tarde se reunían en mercados y paradores.

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El rito proponía, entonces, violencia, purificación y fertilidad. Se lo realizaba, como se dijo, para tener contentos a los dioses domésticos de la vida rural y mantener alejadas inundaciones, sequías y otras plagas. A veces se lo relaciona al nombre del mes de febrero, “februarium”, purificación. Según Wikipedia, el emperador Justiniano I de Oriente favoreció estas festividades en el año 542, intentando un remedio para la peste que había atacado Egipto y Constantinopla. No se sabe mucho más de la organización general de las Lupercales que debe haber ido variando con el tiempo, oscilando entre el elitismo, la demagogia, el secreto y el populacho. Cicerón les dedicó un comentario: “esta cofradía salvaje y agreste, de hermanos en figuras de lobos cuya unión silvestre se estableció antes que la civilización y las leyes” (Pro Caelio: 26), y cuando Marco Antonio participó en ellas, el filósofo lo describió, con reproche, “nudus, unctus, ebrius”, o sea “desnudo, ungido y borracho”. Ovidio también las cita: “La tercera aurora después de los Idus contempla a los desnudos Lupercos, y se celebran los misterios de Fauno Bicorne” (Fasti, 2: 267).

Los ritos ligados a la tierra casi nunca se extingue, como mucho se transforman. En varias oportunidades las Lupercales fueron recuperadas por místicos y pensadores anti-católicos. De hecho, los militares y partisanos alemanes que seguían fieles al nacionalsocialismo durante la ocupación de los aliados se hacían llamar “hombres lobos” porque operaban y se reunían por las noches. Las relaciones de las Lupercales vía hombres lobo son infinitas. Todavía se discute la relación de estas festividades paganas con el carnaval medieval y el inicio de la cuaresma. Es evidente que alguna relación hay. Lo mismo sucede con la celebración de San Valentín.

En el año 392, el emperador Teodosio prohibió todo acto de culto, declarando al paganismo fuera de la ley e instauró la pena de muerte para los que frecuentaran los templos, adorasen ídolos o realizasen sacrificios. En el 428, Honorio mandó destruir los altares paganos. Miles de esculturas fueron reducidas a escombros. En el año 494, el Papa Gelasio I prohibió de forma explícita las fiestas de los hombres lobo. Se conserva el decreto. “Vosotros que celebráis un monstruo compuesto de no se qué mezcla de bestia y de hombre” escribió, no sin humor lírico. Se especula que quiso cristianizarlas proponiendo el 14 de febrero, día de la muerte de un cristiano martirizado llamado Valentín, como el día de los enamorados. Pero hay motivos para creer que esto no fue así. Durante mucho tiempo se las contrarrestaron con una fiesta de la Purificación de la Virgen María y una procesión de las antorchas, que a ojos de hoy no puede sonar más aburrida. ¿Qué relación hay entre las Lupercales y San Valentín? En un calendario atravesado por largos siglos de conflictos político-religiosos, creencias de todo tipo y legislaciones primitivas, veinticuatro horas de distancia separan un rito pagano de sangre y erotismo salvaje de una celebración que impulsa una idea de amor abstracto y platónico bien estilo iglesia católica. ¿Casualidad? Más allá de todas las conclusiones, febrero es un mes raro. Corto, indeciso, a veces marcando el bisiesto, en nuestra región nos habla del final de las vacaciones y le da paso al adusto y escolar mes de marzo. También trae el corso, que, al menos en el Rio de la plata, no tiene ni el desmadre orgiástico de los lobos ni la piedad ascética y curadora de la Virgen María.

¿Y San Valentín? Valentín era una cirujano romano que se convirtió al cristianismo y se hizo sacerdote. Claudio II, también llamado El Gótico, había promulgado una ley por la cual los soldados no podían casarse ni tener familia con la idea de fortalecer los lazos castrenses. A esta altura, Roma estaba llena de mercenarios. Valentín se hizo conocido por celebrar matrimonios de soldados a escondidas. Claudio II, que gobernó muy poco y fue muy querido por el pueblo romano, lo hizo apresar y decapitar el 14 de febrero alrededor del año 270 después de Cristo.///PACO

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