El ruido

1-99

I
Guerras contra vecinos. Tengo algo que decir al respecto. Me lo recordó Juan Terranova. El motivo por el que se inicia una guerra contra los vecinos necesita ser trivial. La música es el más común. En mi caso, tenía vecinos que ponían música -bueno, ponían cumbia, la basura proletaria que más flota en el aire-, se gritaban entre sí, les gritaban a sus hijos, sus hijos gritaban. También tenían perros que ladraban, televisores puestos durante todo el día a todo volumen -tineli y Lanata, que es el nuevo tineli-, pájaros que comenzaban a chillar desde antes que saliera el sol hasta un poco después que se ocultara. Llegué a tener de vecino -al otro lado de una pared inútil- a un agente de la policía bonaerense. Un negrito de un metro cincuenta y con aspecto de ratero que se la pasaba hablando –intentando hablar, para los parámetros del canon occidental- a través de uno de esos teléfonos que hacen los mismos ruidos que las comunicaciones por radio de los años cincuenta y que fascinan a todos los maestros mayores de obra, policías y otros ocupantes de la miseria humana.

El vecino más curioso que tuve -un tiempo después, al otro lado de la misma pared- era un profesor de gimnasia. Daba clases de pilates en su departamento. El departamento no era mayor que un placard. El tipo tenía dos camillas y hablaba con clientes paupérrimas y ancianas del barrio de Almagro. Hablaba a toda voz, que es como suelen hablar los brutos. Fue el enemigo que se rindió más rápido después de algunos golpes en la puerta, llamados telefónicos, amenazas verbales, físicas y un par de baldazos de agua caliente por debajo de la puerta para arruinarle el parquet. También había un viejo con una parrilla en el patio del primer piso. Hacía asados como si estuviera en un campo en Junín. El humo arruinaba las paredes, el olor se impregnaba a la ropa colgada, a las sábanas, a la vida misma. Ignoro si sigue vivo y deseo que no lo esté.

II
¿Por qué se inicia la guerra? Por lo mismo que John Maxwell Coetzee le dijo al eunuco moral de Paul Auster en una carta. “Pero, ¿cuál es la alternativa a despotricar? ¿Cerrar la boca y aguantar las afrentas en silencio?” De la misma manera que ante el terror se debe actuar por un principio metafísico fundamental, también se debe actuar contra el ruido, que es la forma cotidiana del terror. Ruido en un sentido amplio, que va desde la música desagradable hasta los burócratas, pasando por los imbéciles que hacen stand up y las militantes por la igualdad de los géneros. Si hay un enemigo, ese enemigo es el ruido.

III
Estas son algunas de las actividades de guerra en las que participé. Por supuesto, no todas son verdad.

Llamadas telefónicas. Marcando *31# antes del número telefónico deseado, la llamada se registra como anónima. No identificado, como sale en celulares, contestadores y demás sistemas de vigilancia. ¿Cómo aprendí eso? Es la pregunta equivocada. ¿Para qué llamar? Para hacer que el teléfono suene. Y suene. Y suene. Nunca se debe hablar. La finalidad del llamado anónimo es atormentar. Debe llamarse de madrugada. Temprano por la mañana. Lo mejor es llamar durante plena orgía de ruido. Mientras suena el televisor, la música, los animales, los hijos, las voces. Cuando alguien atiende del otro lado -momento que suele coincidir con un descenso del volumen del ruido-, no hay que hablar. Hay que cortar.

¿Llamar y pedir por favor que bajen el volumen? Nunca ha funcionado. Uno no entra en una guerra para pedirle por favor al enemigo que se rinda, cese la resistencia y obedezca lo que es necesario obedecer. Uno entra en una guerra para exterminar al enemigo, a su prole, a sus mascotas. Los militares argentinos tienen una bellísima expresión al respecto: quebrar la voluntad de luchar. El objetivo de la guerra es quebrar la voluntad de luchar del enemigo.

IV
Amenazas. Las verbales requieren acompañamiento físico. Un pie que traba la puerta durante la conversación. Palabras dolientes (pero esto último es una vanidad inútil, en general los brutos no las conocen ni las entienden, aunque eso también funciona como injuria). No debe titubearse, como dicen los subtituladores de I-Sat. Las amenazas verbales sirven pero durante un lapso muy corto. En general, las personas evitan la violencia. Más cuando la violencia llega desde afuera y golpea la puerta de su casa. Se habla mucho sobre la violencia pero sigue siendo algo que todo el mundo prefiere evitar. Entonces funciona. Al menos durante unas ocho horas de silencio. Las amenazas por escrito: carteles, advertencias, notas. Clavadas en la puerta del enemigo. Pasados por debajo de la puerta del enemigo. Deben hacerse en papeles grandes y con letras grandes. El efecto de la advertencia escrita no es que el enemigo la lea sino que el enemigo y todos sus parientes, amigos y demás vecinos la lean también.

Golpear la puerta y discutir es emocionante pero con el tiempo se vuelve una rutina. Tiene sentido la primera vez, cuando el enemigo no se lo espera. Hay que controlar como un actor la mirada, el movimiento de las manos, la palabra, el movimiento del cuerpo. Lo que se debe componer es un personaje civilizado y amable, pero a la vez patológicamente capaz de cualquier cosa. Jack Nicholson es un buen modelo. Hay que estudiarlo antes de lanzarse a la aventura de golpear las puertas y discutir.

Violencia física. Esta es la parte donde la guerra se puede volver adictiva. (Algo importante sobre la guerra: tomarse la guerra en serio es como tomarse en serio cualquier arte. Las amistades, las mujeres y los hijos solamente la entorpecen y se convierten en puntos de debilidad. Se debe prescindir de todos ellos. Para triunfar se los debe dejar atrás sin dudar). En cuanto la violencia física se aplica sobre la persona del enemigo, se abre el juego a la intervención de las llamadas fuerzas de la ley. La policía no suele ocuparse de problemas entre vecinos. La jurisdicción real le pertenece al consorcio del lugar (en mi caso, uno de mis enemigos era también el tipo que manejaba el consorcio, un simpático pederasta de voz aflautada que se cogía a sus hijas, de por sí, bastante feas y demasiado jóvenes). La violencia física, entonces, debe descargarse contra la propiedad del enemigo.

Violencia contra la propiedad. Es aquí donde los golpes contra paredes, techos y pisos -descalzo y con el talón, un buen golpe sobre el piso puede resonar una y otra vez hasta provocar la histeria del enemigo que ocupa el departamento de abajo- requieren también un aprendizaje. Cubos de hielo contra techos enchapados -golpean y desaparecen sin dejar rastro, son muy útiles-, clavos de metal baratos contra techos de plástico, basura y restos orgánicos que puedan tapar canaletas e invitar a la presencia de diversas plagas (el algodón mojado es otro elemento valioso a tal fin). Pintura, colillas de cigarrillos, fósforos. Restos de mampostería. Hojas secas. Todo vale en la guerra. Los matafuegos no se me habían ocurrido nunca.

V
Algunas anécdotas. ¿He vencido durante mis guerras? Podría decir que sí. Logré que tres inquilinos distintos se mudaran. Dos veces en Almagro y una vez en Palermo. Logré que un matrimonio de ancianos padeciera una descompensación cardíaca. Logré que el tipo que manejaba el consorcio de un lugar atroz se separara (no sé quién se cogerá a sus hijas ahora, las imagino penando por amor). Esto fue relativamente fácil porque la mujer -no recuerdo su nombre- no pudo manejar los nervios. Cayó en una trampa que la hizo víctima de su propia ira y tras ciertas provocaciones perdió el control. Los vecinos la condenaron, el marido se sintió demasiado avergonzado y finalmente la abandonó (antes de irse, el resto de los vecinos le dio a entender que sabían que se había hecho cargo del consorcio del edificio de una manera fraudulenta). La clave del asunto fue una pared recién pintada.

No recuerdo el nombre de ninguna de estas bestias, pero me gustaría decirle de corazón a esa mujer -“me cago en toda tu cultura”, me dijo una vez mientras yo sonreía y volvía a preguntarle cómo se llamaba- que, aún desde un tercer piso, es posible el suicidio. ¿Por qué descartarlo?

Hay varias anécdotas. La más emocionante debe haber sido cuando el negrito de la bonaerense agitó la matraca en mi cara. Vivía con otra negrita. Gente del interior. Había ido preparado para eso. Le mostré el teléfono personal de cierto ministro bonaerense y cierta credencial con mi nombre y mi foto. El diálogo fue del estilo: “La próxima vez que vea el arma, vas a terminar preso y a mí me van a subir el sueldo”. Fue algo absoluta y completamente ensayado. El negrito sopesó los documentos un rato. Milagrosamente funcionó. Al mes se fueron del edificio. Creo que volvieron a un lugar de mierda que se llama Las flores.

A lo largo de una década de batalla constante contra el ruido he escuchado escenas de alegría, fiestas, violencia física, abusos contra niños, música, llantos, peleas, golpes, ladridos, niños que lloran, niños que gritan, más televisores, aires acondicionado, caloventores, niños que lloran y gritan porque son sexualmente abusados por sus padres, mujeres golpeadas, discusiones entre homosexuales, juegos de video, reuniones de amigos, discusiones de pareja, amenazas, insultos y partidos de fútbol emitidos por radio. Todo esto me parece bien en la medida en que no me moleste a través del ruido. Escuché solamente dos veces el ruido de gente cogiendo de manera adulta y consentida. Así que me consta que las personas no cogen. No en su casa, al menos. No como después cuentan a los otros que cogen. Prefieren la guerra y es comprensible. Es información recogida en el campo de batalla por la que también he pagado mi propia libra de carne. ///PACO

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