El Tarantino

Por Alejandro Di Marzio

El pensjonat Tarantino constaba de tres pisos; cada uno de ellos distribuidos en largos pasillos en donde se hallaban las habitaciones. Doce habitaciones por piso enfrentadas unas a otras que compartían un roñoso baño, provisto de una ventana que daba al contrafrente de la pensión (y del inodoro) y que había sido horrorosamente tapada con una plancha de tergopol de unos treinta centímetros de espesor. Recuerdo el día que Inge, el propietario de la pensión, me pidió que sellara la ventana:
¿Y la Luz, Inge? No va a entrar más luz.
¿Usté precisa luz pa´ cagar?
Me quede sin palabras; en el fondo me dolía aceptar que el argumento del noruego con acento portugués tenía lógica, aunque a decir verdad y en definitiva, el campo de la lógica se enroca indefectiblemente con las miradas individuales. Lo único que hacia soportable sentarse en ese inmundo inodoro comunal era simplemente inclinar unos centímetros la cabeza y mirar de reojo algunas de las ramas secas que acariciaban la ventana con el viento, creando un cadáver exquisito de sombras chinas en ese receptáculo de mierda en tránsito, en ese diminuto espacio donde la otrora serena meditación del acto de defecar había dado lugar a una especie de tortura colérica, que aceleraba conscientemente al organismo y de alguna forma a la vida misma en querer escapar de allí lo antes posible incluso aun antes de limpiarte el culo.

Al lado del baño, estaba el diminuto cuarto con la ducha. La mugre y el agua estancada de ese espacio es jodido de describir. Para mí representa un mero concepto; en un principio le echaba la culpa de todo a la raza y a la cultura; la mugre era la raza y el agua estancada, la cultura. Y en el Tarantino anidaban un sinúmero de culturas diversas aunque todas ellas convergentes en el único y cristalino canal de la subsistencia, en el canal de vivir una especie de vida a posteriori, prorreateando el presente en algo sin importancia, en una especie de carpe diem irreal y bizarro donde lo único que importaba era que los días pasaran y que la cuenta bancaria se alimentara y con eso creer que el futuro sería la utopía realizable, la escultura de los sueños individuales fraguada y cocinada en el horno de la vida.
Por lo general yo pasaba días sin ducharme y cuando lo hacía era en mi trabajo, en esos escasos cinco minutos que quedaban entre marcar mi código de salida y que la puerta de la fabrica cerrara hasta el otro día. Pero cada tanto, sobre todo en las noches donde conciliar el sueño era imposible, saltaba de la cama y sin siquiera razonarlo me zampaba las ojotas, manoteaba la toalla y un jabón y enfilaba a la ducha; y una vez dentro de ella y salteando los engorrosos preámbulos para poner la temperatura del agua a punto solo me limitaba a cerrar los ojos y que lo único cristalino que había en ese lugar me limpiase por dentro y por fuera. Solo cuando el vapor cubría todo el espacio de una neblina espesa es que abría nuevamente los ojos y me relajaba y comenzaba a inspeccionar de cerca la telaraña construida justo encima de mi cabeza, entre la salida del agua y una estufa oxidada que no funcionaba, buscando a ese insecto propietario libre de pagar impuestos pero más propenso al peligroso libre albedrío de los seres humanos. ¿Se la hago mierda o no se la hago mierda?
Y por un instante canalicé mi envidia, mis frustraciones, mi libertad y mi ira en un diminuto bicho que irrumpía desde dentro de una estufa decorativa. Y solo me limité a observar su libertad y su movimiento por los andamios que él mismo había construido y elaborado a partir de una síntesis personal y oportunista y sentí una especie de admiración trascendental por él. Una especie de Tao en esa ducha mugrienta que me ayudó a traer nuevamente el sueño y afrontar un nuevo día. ///PACO

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