“Yo siempre tuve la ilusión de coger por internet”

Ashley Madison: viaje al corazón del conurbano (II)

Horacio R. –el nombre real se reserva para proteger su intimidad– tiene 45 años. Es dueño de varios locales de ropa en Once. Tuvo una experiencia en Ashley Madison. Aquí, la primera parte de su testimonio exclusivo para PACO, que reconstruimos después de una larga conversación a solas, en su oficina.

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Yo siempre tuve la ilusión de coger por internet. Cuando todavía era soltero traté de hacerlo a través de El Sitio, pero no me salió. Había que dar muchas vueltas y yo tenía laburo, nunca fui de esos que se rascan las pelotas en frente del monitor. Además ya estaba de novio con la que después fue mi señora, y cuando se los contaba a las minas, me dejaban de escribir. Un par de veces lo oculté, pero no funcionó. Tanto chat es un embole. Después me casé, tuve dos hijos y me olvidé de todo. Con mi señora tuvimos altas y bajas. Últimamente veníamos mal, pero ninguno de los dos andaba con ganas de separarse. No es que sea un infierno mi vida. Sólo es aburrida, pero creo que no sería diferente con otra. Lo que necesitaba era algo de diversión, ahora que los pibes están más grandes y el local camina solo. Algo que rompiera la rutina sin lastimar a nadie, porque esa tampoco fue nunca mi intención. No me gusta pagar por sexo. Por eso, cuando vi los avisos de Ashley Madison en la calle me dije: “esta es la mía”.

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El resumen de la tarjeta me llega al local, así que no hay problema. Igual en el sitio te aclaran que en el detalle no figura Ashley Madison. Tienen todo pensado. Compré el paquete Premium, de 800 pesos y estuve una semana mandando toques y mensajes a lo loco, a cualquier mina, tanto de Buenos Aires como del interior. Pensé que si picaba alguna provinciana, me tomaba el avión. Soy cuentapropista y gracias a Dios, laburo no me falta. Pago ganancias y tengo la mayoría de los empleados en blanco. El encargado es de confianza. Puedo darme el lujo de faltar un fin de semana al local, y además tengo la excusa de los “viajes de negocios”, para que mi señora no sospeche nada. Cada tanto me invitan de algunas empresas a congresos o eventos en el interior, porque soy un cliente importante. Pero de coger, hasta entonces, nada.

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Lo encaré como un laburo. Mi abuelo era inmigrante, se hizo de abajo. Mi viejo estudió la carrera de Medicina de noche mientras trabajaba en una farmacia. Tenía la fantasía de que yo iba a ser médico, pero no quise saber nada. Igual, algo aprendí de ellos. Empecé a comerciar con telas y me fue bien, a los pocos años abría mi primer local en Once, después crecí, contraté empleados, abrí sucursales… El secreto fue la disciplina y no aflojar nunca. Lo mismo que en Ashley Madison. Durante semanas, casi un mes, no recibí ninguna respuesta. Hasta que al final, una de las minas me contestó.

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Era de San Miguel, en la provincia de Buenos Aires. Su apodo era “Bebota69”, pero la primera vez que chateamos me confesó que se llamaba Mónica. El apellido nunca lo supe. Casada, con dos hijos adolescentes. Tenía la fantasía de que se la cojan entre varios. “Pero con uno alcanza, jaja”, me ponía. No hablamos de nuestras parejas. A mí me costaba, porque nunca había pensado mi vida al margen de mi señora. Así que le hablaba del local y para no aburrirla, le conté que me excita coger en público. Una vez lo hice con una novia, en la placita al costado de la estación de tren de Coghlan. En realidad no cogimos: ella me hizo una paja. Pero le conté una cogida épica, como para impresionarla. Dijo que le había gustado. Después desapareció del chat y por ese día no la vi más. Cuando volvió, la invité a tomar algo. Una mañana cualquiera, mientras los chicos estuvieran en el colegio. En el lugar que ella eligiera. Me dijo que esa semana no podía, pero la semana siguiente arreglábamos. A partir de entonces la conversación se fue disolviendo en el aire. Yo la saludaba todos los días, ella me respondía pero todo quedaba ahí. Faltaban temas de conversación y la mina no hacía el menor esfuerzo por generarlos. Una semana después me dijo que también estaba ocupada. Ahí entendí que no estábamos yendo para ningún lado.

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El mensaje de Viviana me llegó cuando me quedaban 15 créditos y yo ya estaba dudando si comprar más, o largar todo a la mierda. Lo único que decía era “Hola”, y me mandaba la llave de acceso a su escaparate privado. Al perfil público sólo había subido la foto de una cerradura con forma de corazón. En el privado había fotos de ella. Qué sé yo. A través de Google me había enterado de la sospecha de que muchos de los perfiles de Ashley Madison eran inventados por la propia empresa. Lo bueno era que eso daba la pauta de que Viviana era real, porque había que ser muy hijo de puta para inventarla. Además yo no estaba buscando el amor de mi vida, así que le respondí al toque, le mandé mis fotos y me senté a esperar.

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Chateamos mucho. Gasté otro paquete Premium sólo en ella. Me contó que era de Trenque Lauquen, pero vivía en Lomas de Zamora desde la infancia, donde también trabajaba. Yo nunca había estado en Lomas. A ella le sorprendió. Decía: “los porteños nunca salen de sus casas” y yo le daba la razón. A diferencia de Mónica, con Viviana sí había temas de conversación. Ella los sacaba permanentemente. Nos vimos por Skype un par de veces. Yo desde mi oficina, ella desde un ciber donde le pasaban chinos por detrás. Me empezó a gustar un poco. Pero al mismo tiempo pensaba: “¿para esto me voy a meter en un quilombo?”. Aunque la verdad, no era ningún quilombo. Lo teníamos todo conversado. Yo la iba a pasar a buscar por Lomas en el auto, un lunes o un miércoles a la mañana, cuando el marido laburaba y yo podía borrarme del mapa con la excusa de que iba a comprar mercadería. Pensé en llevarla lejos, por la General Paz, hasta algún lugar de zona norte, donde ni ella ni yo conocemos a nadie. Tomar algo ahí, meternos en un telo, al mediodía la depositaba de vuelta en Lomas y se terminó el asunto. Cero quilombo. Gracias, Ashley Madison. Pero igual, no me decidía. Hasta que una noche discutimos con mi mujer. La mandé al carajo. Cuando salí a caminar, le escribí un mensaje a Viviana. Quedamos en encontrarnos al día siguiente.///PACO

4 comentarios en ““Yo siempre tuve la ilusión de coger por internet”

  1. Claro, ahora entiendo. Para uno de 45, “coger por internet” es una ilusión, una fantasía, no un lugar común.

  2. Te gastaste 1600 mangos para cogerte la unica mina que pinto en el sitio. Me parece un poco caro. En zonacitas ese tramite es mas rapido y mas barato…

  3. “No me gusta pagar por sexo” . Pago 1600 pesos por chat para tener sexo. Flaco por 800 te presento “una amiga”

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