Policiales tapados con diario

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Sebastián Hacher es periodista de investigación y su especialidad son los policiales, región que sobrevuela buena parte de las pesadillas materiales de la Humanidad. Estas son algunas de sus ideas, anécdotas e impresiones recorridas a través de esa bella pulsión que suele denominarse crimen.

I
Tengo grabado un caso en particular. Un ladrón le escribió una carta al Gauchito Gil pidiendo protección para un robo. En la carta daba la dirección del objetivo, lo que quería robar y demás detalles del golpe. Todo salió bien -el Gauchito suele ser bastante efectivo-, pero el pibe se olvidó de dejar la carta en el altar o destruirla. La policía lo paró en un control de rutina, descubrió el papel en su bolsillo, allanó su casa y ahí estaba el botín. Me quedó grabado porque me parece que, más allá de la estupidez del pibe, tiene un montón de significados sobre los que cada tanto vuelvo.

II
Algunos periodistas se creen moralmente superiores y practican la delación. Por lo general la emprenden contra pequeños delincuentes que no tienen recursos simbólicos y materiales para defenderse. Lo principal, para mí, es no ser como ellos.  Y no contar todo lo que te puede volver como ellos.

III
Los voceros de la policía, sobre todo de la Bonaerense, suelen ser comisarios con vocación de guionistas de películas clase B. Matan a un tipo y luego escriben mala ficción alrededor de eso, por lo general para justificarse y sacar rédito. Los medios suelen comprar esos guiones a libro cerrado y publicarlos sin mayores modificaciones, cambiando a veces algunas comas o agregándoles palabras si tienen demasiado espacio en blanco en la página. En otras palabras: muchas de las noticias que se publican son dictadas por la misma policía. En Cosecha Roja, el medio en el que trabajo, tenemos un deporte: la caza del bolazo policial.

IV
Entre otras cosas, un crimen es gastar recursos en perseguir al pibe que planta marihuana en su balcón para fumar algo más o menos pasable.

V
Hay una creencia de que el hampa tiene códigos; una especie de ley no escrita que antaño era más firme y que hoy se mantiene entre los criminales de mayor rango. Yo suelo trabajar con ladrones de una generación intermedia, que se criaron con esas historias. La mayoría de los que caen lo hacen guiados por esa ilusión: creen que los viejos son inquebrantables. Descubren que eso es mentira en los momentos de peligro, cuando los dejan tirados o los traicionan por muy poca cosa.

Fotografía: Xavier Martin

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