Vieja narco inglesa

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Lindsay Sandiford acaba de ser condenada a muerte por vieja narco. Es ciudadana inglesa y la policía de Bali le incautó 5 kilogramos de cocaína cuando intentaba llevarla hacia Bangkok. El método de ejecución en Bali consiste en lo siguiente: el prisionero es encapuchado, atado contra una pared y fusilado por un escuadrón. Más humanitario que Guantánamo.

Lindsay Sandiford tiene 56 años y en su defensa dijo lo que dicen todas las mujeres: que fue obligada por la situación paupérrima de sus hijos. Es divertido cuando la invocación a la irrevocabilidad de la naturaleza se vuelve un argumento de justificación del crimen en vez de un argumento social sobre la subjetividad enjaulada del género femenino por parte del intrínseco y malvado machismo cultural masculino. O tal vez no lo sea.

La ejecución intentará ser aplazada por los canales legales de Bali. La última instancia es el perdón presidencial. Imaginen por un instante, sin usar Wikipedia, al presidente de un lugar como Indonesia. No hace falta haber leído Plataforma. Debe ser uno de esos negros a los que ni siquiera les regalan un Premio Nobel de la Paz. Oh, yeah. El fusilamiento de narcotraficantes extranjeros no es ninguna novedad. Pero suelen ser más australianos que otra cosa.

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La vieja vivía en la India y traficaba droga hacia Bangkok desde hacía unos años. La carga de cocaína que le costó la vida es de 1,7 millones de libras esterlinas. Algo más de 2,3 millones de dólares. La vieja, además, se comportó como una rata. Delató al resto de su organización a cambio de supervivencia. Pero no lo logró. Y los miembros de su banda fueron arrestados. Las ratas son un problema global. Las ratas son una plaga permanente. La lealtad, la lealtad… no es algo que tenga buena reputación entre las ratas. Y no hace falta irse hasta Indonesia para saberlo.

“Usted le ha traído mala reputación al turismo en Bali”, fue uno de los argumentos del juez que la condenó a muerte. Bali vive del turismo (sexual) y las mujeres que la habiten deben ser jóvenes, agradables y elásticas. Lindsay Sandiford no lo es y morirá por eso. Su propia madre, que vive en Inglaterra, dice que no quiere saber nada sobre su hija. Ser mujer, ser vieja, ser una rata. Eso es quedarse sin madre, sin patria, sin vida.

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