Cierta fascinación europea por las duchas

No conocés a Johanna Pulkkinen. Es la rubia de la foto. Tampoco la conocen en los Estados Unidos. No la conocían ni siquiera en su país. Ese país es Finlandia. Una socialdemocracia donde no pasa absolutamente nada que valga la pena ser comentado. Pero ahí está Johanna Pulkkinen. Claro, sí, es hermosa. Es rubia y joven y fértil y las tetas, qué tetas. Johanna Pulkkinen es parte del programa Gran Hermano en Finlandia.

A diferencia de las versiones norteamericanas y latinoamericanas de la franquicia Gran Hermano, en Europa las participantes están obligadas a cumplir con la expectativa de todos los televidentes. Un show real que transcurre en una casa no es -aunque un coro de castrati con pocas luces y mucha imbecilidad pretendan lo contrario- una galería de indigentes mentales trazando estrategias para la votación de otros indigentes mentales sino una exhibición detallada de hombres y mujeres desnudos. Esa es la única dimensión de lo real. La parte del show es la que se ocupa de que esa dimensión sea relevada por cuerpos que valgan la pena ser vistos. Para la horripilancia cotidiana basta mirar los leprosarios estéticos que llamamos mundo exterior.

Oh, la sabiduría y el entusiasmo de los europeos cuando envían a sus mejores hijos a las duchas. Ese ciclo histórico que se repite -genuflexión ante el Olimpo del Cliché- primero como tragedia y después como farsa. La sabiduría europea puede definirse básicamente como eso: una medición exacta, un timing preciso, para saber cuándo es momento de enviar a alguien a las duchas. ¿No puede hacerlo la moral redneck de los Estados Unidos? ¿Es la predominante y medievalista tradición católica en América Latina un yunque irremontable? Dejen que los europeos hagan el trabajo. En especial los del genotipo ario y protestante. Ellos sí se atreven. Ellos sí saben montar el espectáculo necesario entre la indignación, el deber histórico y el placer del trabajo bien hecho.

Johanna Pulkkinen entra a las duchas para el placer del mundo. La globalización salvó por fin la dignidad de un programa pensado para el placer y reducido después a las miserias de lo prohibido. Gran Hermano Finlandia. Ese sí es un programa de televisión. Seguro que mientras fornican con focas y escalan fiordos en medio de la salvaje inutilidad de la Naturaleza, los finlandeses no le prestan ninguna atención. Gracias, otra vez, internet, por estar ahí. Gracias otra vez, Europa, por enviar a tus mejores hijos a las duchas.

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