Quise echarme un talco en la Estación Bulnes pero me conformé con una foto en la Estación Agüero

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Un amigo -un amigo existente- interrumpió mis reflexiones sobre la literatura contemporánea escribiéndome desde la línea D del subte de Buenos Aires. Los subjects de sus mails eran Alta pendeja, Mirá qué gomas y Me enamoré.

Un rayo luminoso atravesó el cielo encapotado y no me sentí un cronista pelotudo sino un corresponsal de Paco. Entonces me hice la señal de la cruz y le dije lo que cualquiera le diría a un amigo en esa situación: si estás en la Estación Bulnes, echale un talco en la cara y bajate en la Estación Agüero.

Durante los tres minutos del viaje mi amigo se lo pensó. Sacó su smartphone de última generación y le hizo un par de fotos a la mina. Flaquita, con ropa de dudosa calidad, una tetas sin mucho que aportar a las perversiones del mundo contemporáneo y la cara definitivamente hecha mierda. Pero el amor es así, ciego. Y el ímpetu de tres manotazos pueden convocarlo en una lluvia blanca repentina y en una corrida necesaria. No hay policía en los subtes y todo vale en la guerra y en el amor.

El abogado de Paco dijo que había que censurar las fotos sí o sí. Me llegaron treinta segundos antes de que arribara a la Estación Agüero y desde entonces no tengo más noticias. Confío en que el amor haya triunfado bajo los pies desapercibidos de miles de porteños que caminan hartos del calor.

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